Ciclo Nuevo

En búsqueda de una señal. Un cuento (casi) fantástico. Parte 7 última parte.

Esta entrada es la continuación de la Parte 6

Regreso demorado

 

La ruta de regreso desde Cartago hasta San José estaba congestionada. Según el conductor, todo se debía al paro de transporte que había transcurrido esa mañana.

 

Tenía que estar a las dos de la tarde en el aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Panamá. Ya venía entendiendo algunas cosas, iba haciendo ligaciones entre diferentes hechos pero el temor de perder el avión resultaba un pensamiento recurrente que me interrumpía permanentemente.

 

Finalmente llegué al hotel casi una hora más tarde de lo previsto, obviamente ya no tenía tiempo para ducharme. Por suerte había dejado la maleta preparada. Entré rápidamente y le pedí al conserje que por favor me llamara un taxi por teléfono, mientras bajaba mis cosas.

 

Clima inusual en camino al aeropuerto

 

Algo en el clima había, pero no había tenido tiempo de pensar que era lo que pasaba.

 

Bajé de la habitación, entregué las llaves en la recepción y me despedí del conserje, diciéndole que esperaría el taxi en la puerta del hotel.  Fue ahí  cuando me percaté de que estaba muy nublado. Nubes densas como nunca había visto en San José.

 

Tras cinco minutos de espera, llegó el taxi. Subí y pedí que me llevara al aeropuerto por el camino más rápido. A medida que íbamos saliendo del centro de San José, el tránsito cada vez se complicaba más, contrariamente a lo que esperaba.

 

Llegamos a la ruta Panamericana y avanzábamos a paso de hombre.

 

-“¿Siempre hay tantos vehículos en esta ruta?”, pregunté

 

-“No, suele haber mucho tránsito pero no en estos horarios”- me respondió

 

Adelantándome a lo que quizás me comentaría el taxista, agregué: -“quizás sea por el paro de transporte de esta mañana”.

 

-“No creo”, parcamente contestó.

 

Ya eran las dos de la tarde, y yo todavía estaba a varios kilómetros del aeropuerto, en un taxi casi detenido en medio de una congestión de tránsito, cuando comenzó a caer una leve lluvia. A medida que avanzábamos algunos metros, la lluvia se hacía más y más copiosa hasta convertirse en un verdadero diluvio.

 

-“Esto es rarísimo”- dijo el taxista. “nunca vi llover así en marzo”.

 

Pensé que sería otra señal. En realidad minutos más tarde me enteraría que la lluvia me resultó beneficiosa.

 

Faltaban casi quince minutos para las tres de la tarde cuando llegué al aeropuerto. Pensaba que si el vuelo había partido, quizás había más vuelos ese día saliendo a Panamá. Pero no hizo falta pensar en “planes B”, en el mostrador de la línea aérea me dijeron que el vuelo estaba demorado una hora por cuestiones climáticas inusuales. Gracias diluvio.

 

Recién cuando subí al avión me relajé y dormité un poco.

 

Semanas más tarde les comuniqué a mis compañeros que abandonaba el juego. En realidad ya tenía algunas pistas de lo que buscaba, pero no les dije que no iba a verlos más. Les dije que un día no iría, y dejé de verlos. Con algunos sigo comunicado muy esporádicamente. Me enteré que uno de ellos, con uno con los que más afinidad tenía, y el que mejor jugaba, falleció hace unos años. Buen tipo Mario.

 

 

Las pistas que había recolectado

 

Para finalizar con esta serie de entradas, voy a compartir con ustedes algunas reflexiones, significados y sentidos en los que estuve reflexionando.

 

El vulcanólogo alemán de la revista de Lufthansa representaba la pasión y el compromiso, la persona que hacía lo que amaba. Los libros que compré por un lado mostraban mi presente en aquel momento, (el Código Notarial, la sujeción al formalismo), mi futuro deseado (la aviación, volar, viajar, conocer) y el camino a conseguirlo (el esfuerzo que implica ser por siempre joven, especialmente de mente).

 

Yo quería ser más Costantino, que Constantino. Costantino –sin n- representa  la realidad, lo auténtico, quien uno es; en cambio Constantino –con n- lo que la gente piensa de uno.

 

Pero para todo eso necesitaba tomar decisiones, encontrar respuestas, arriesgarme. Y para eso tenía que pensar y analizar. Yo era responsable de mi vida, y en mi ser más íntimo, en mi roca, en mi lava, estaban las pistas. Ahí cobró importancia la figura del volcán: por un lado es un punto elevado, ideal para ver las cosas y la realidad desde cierta distancia, con mayor objetividad; y al mismo tiempo son un agujero, una puerta de entrada al yo más profundo.

 

Buscaba vivir según mi pasión. Todavía no lo conseguí, ni sé si voy por buen camino. Pero al menos no sigo haciendo las mismas cosas que siempre. El cambio se estaba gestando, aunque el camino no siempre es ascendente, como para llegar a los volcanes.

 

Necesito interrumpir este relato, me emocionó mientras escrito, tengo los ojos llenos de lágrimas. Lloro un poco, como ese diluvio inesperado en un mediodía de marzo en San José. Es un llanto que desahoga, que sirve, que me permite llegar a tiempo a mi próximo viaje.

 

FIN

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