Ciclo Nuevo

En búsqueda de una señal. Un cuento (casi) fantástico. Parte 6

Esta entrada es la continuación de la Parte 5

 

Un pedido insólito

 

Al día siguiente tenía que estar en el aeropuerto a las dos de la tarde, para tomar mi vuelo de regreso a Panamá. Fui a la agencia de Costantino pero no lo encontré. Me atendió otra persona, y contraté allí mismo una excursión para el día siguiente, que temprano salía hacia Cartago y el volcán Irazú y regresaba a San José al mediodía. Estaba bastante justo de tiempo, pero no me quedaba otra opción. Cené algo rápido en el centro, bastante temprano por cierto para mis horarios habituales y volví al hotel, ya que tenía que dejar la maleta preparada.

 

El conserje dormitaba en una silla de cuero ajeado. El ruido de la puerta lo despertó. Me saludó con una sonrisa y esperó a que entrara, creo yo que para seguir durmiendo una vez que subiera, sin embargo me quedé en el mostrador.

 

-“Mañana tengo que dejar la habitación, y me voy a una excursión temprano en la mañana. ¿Podré dejar mi maleta en la recepción?”

 

-“¿A qué hora vuelves de la excursión?”

 

-“Estimo que al mediodía, tengo que estar a las dos de la tarde en el aeropuerto”

 

Miró una planilla y me dijo: “Si lo prefieres puedes dejar tus cosas en la habitación hasta que regreses, justo esa no está reservada para mañana.”

 

Le agradecí la deferencia, ya que me convenía ir por la mañana a la excursión, volver al hotel al mediodía, ducharme y salir hacia el aeropuerto.

 

-“¿A qué hora sale la excursión?- me preguntó.

 

-“El ómnibus me pasa a buscar por la otra calle a las ocho y cuarto”- respondí

 

-“Tengo que pedirte algo” –agregó mirándome con complicidad.

 

Inmediatamente me vino a la cabeza la señora enamorada el actor que vi el primer día, pensé que me iba a comentar algo sobre ella.

 

-“Mi turno termina a las 6 de la mañana, y no sé si has leído que hay un paro de transporte entre las 6 y las 8 de la mañana. Vivo lejos y si no tienes problema, me retiraría a las 5”.

 

Lo miré extrañado. No sabía por qué me estaba pidiendo permiso o avisándome de lo que iba a hacer.

 

-“Esta noche el hotel está vacío, tú eres el único huésped. Si no tienes problema, yo me retiraría a las 5, y a las 6 ya está el señor que viene por la mañana. Te quedarías solo una hora nada más.”

 

-“Bueno” –respondí, sin demasiadas ganas. “Lo único que le pido es que no me deje encerrado por si llegare a pasar algo”.

 

-“No, quédate tranquilo, la puerta del hotel desde afuera no se puede abrir sin llave, pero sí desde adentro”.

 

Y así, subí a mi habitación rápidamente, ya que quería descansar.

 

 

El último volcán trajo algo de luz

 

Me levanté temprano, desayuné y saludé al señor que ya estaba ocupando su puesto. ¡Pensar que había estado solo en el hotel durante una hora y como dormía, no me había percatado de nada!

 

El ómnibus se demoró unos minutos, y el conductor lo atribuyó al paro de transportes. Llegamos a Cartago donde visitamos la plaza principal y la basílica de los Ángeles. Hice una promesa que a la fecha  no me acuerdo ni lo que prometí, ni a cambio de qué era, aunque podría deducirlo con relativa certeza.

 

Miraba la hora y pensaba que estaba con el tiempo muy justo.

 

Vistamos el Volcán Irazú. Nos dijeron que desde un punto se podían ver el Océano Pacífico y el Caribe, pero las nubes otra vez hicieron lo suyo.

 

“¿Será verdad que se pueden ver ambos si el día está despejado?” le pregunté a otro visitante, quien se encogió de hombros. Pensaba decirle que por culpa de las nubes tampoco pude ver el Arenal, pero no lo hice. Quizás él lo había podido ver; o todavía no había ido. O quizás no le interesaba mi frustración.

 

Todo era color marrón y tierra, no había mucha vegetación. El agua de los lagos que se formaban tenía color óxido. Mi calzado se cubrió de una fina ceniza. El lugar no invitaba para quedarse mucho tiempo, y yo estaba intranquilo. Miraba el reloj y pensaba que no llegaría a tiempo al aeropuerto.

 

Subimos al ómnibus para regresar a San José. En una ruta sinuosa como mis pensamientos,  el conductor seguía hablando con unos turistas del paro de transporte de esa mañana. Fue en ese viaje de retorno hacia San José donde un poco de luz vino a mi mente. Cada cosa en la que pensaba tenía un sentido, que como mis zapatos, estaban cubiertos de ceniza: sólo había que sacudirse un poco para que quedaran expuestos.

 

Así, pude finalmente analizar y entender.

 

 

 

 

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