Ciclo Nuevo

En búsqueda de una señal. Un cuento (casi) fantástico. Parte 3

Este artículo es la continuación de las Parte 1 y Parte 2

 

Ya instalado en el que seria mi nuevo hogar por los próximos días, salí para recorrer los alrededores y ubicarme. Almorcé en las cercanías algo frugal. Volví para el hotel, estaba cansado y quería descansar un poco, pero antes de ingresar, me senté en uno de los bancos del Parque Morazán que estaba enfrente. Nuevamente las aves volaban alborotadas entre las copas de los árboles.

 

 

Pensando sobre volcanes en el Parque Morazán

Pensé en organizar las actividades de los días que me quedaban, recordaba lo que me había dicho Costantino sobre los volcanes y vino a mi mente una nota que había leído hacía cuatro años atrás, mientras viajaba en un Boeing 747 de Lufthansa yendo a Santiago de Chile. En un ejemplar del año 1999 de la revista de a bordo de dicha línea aérea, un joven vulcanólogo alemán, hablaba sobre su trabajo y sus descubrimientos; en las fotos aparecía con ropa de trabajo y todo cubierto de ceniza. La vulcanología no es algo que me llamaba ni me llama hoy en día demasiado la atención; pero la pasión que ese muchacho tenía por su profesión me hicieron recordarlo incluso hasta hoy.

 

“Quizás encuentre una señal en algún volcán”, pensé, “alguna señal relacionada con la búsqueda de mi pasión y del sentido de mi vida”.  Algo que me oriente. Una pista.

 

El año pasado uno de los jugadores, no el que tenía un empleado en Costa Rica, sino otro, quizás el de menor poder adquisitivo, se volvió a poner en contacto conmigo. Me pidió un presupuesto por un trabajo que quería que le hiciera. No me volvió a llamar por semanas. Pensé que nunca volvería a tener noticias de él,  pero días más tarde recibí un mensaje de whatsapp de su mujer, agradeciéndome el presupuesto. El trabajo nunca me lo encargó, quizás quería dejar la puerta abierta para un futuro. No lo sé todavía. Tengo muy buenos recuerdos de él, es una persona con buenos sentimientos.

 

Así, tras media hora meditando en ese banco húmedo del parque, me había propuesto conocer los tres volcanes de los que me habló Costantino. Comenzaría por el Arenal, que era el que más curiosidad me daba. Desde que había llegado a Costa Rica en todos los negocios había fotos del volcán, un cono con hilos rojizos luminosos de lava cayendo a sus laderas.

 

 

Volcán Arenal, allí vamos

 

Al día siguiente me levanté muy temprano, me preparé un desayuno y salí del hotel. En el lugar de la señora a cargo de la recepción del hotel estaba un señor mayor, muy simpático, que días más tarde me pidió algo insólito que oportunamente les contaré.

 

Tras unas horas de viaje, apenas pasado el mediodía llegué al Arenal. Las nubes lo cubrían totalmente y no pude verlo. Un lugareño de La Fortuna me dijo que quizás a la noche se levantaría un poco de viento, y se despejaría la zona.

 

-“Con suerte pueda verlo esta noche”, me dijo, y me sugirió visitar un parque termal para hacer tiempo. En mi cabeza retumbaron durante unos minutos las palabras “con suerte”.

 

No había llevado traje de baño, sin embargo estuve tomando baños en las piscinas y cascadas talladas en la roca hasta el anochecer. Las aguas tibias hicieron su trabajo, me relajé y por unas horas dejé de pensar en el “con suerte” y en el Arenal. Cené ahí mismo, al pie de las termas, con el pantalón todo mojado, apenas seco con una toalla que alquilé.

 

Pagué la cena  y volví a la base del volcán. Eramos varios con la intención de verlo pero todo fue en vano, las nubes seguían ocultándolo. Esperé una hora, o un poco más quizás. Hice tiempo mirando recuerdos caros y de dudoso gusto en los negocios cercanos, cuando una chica mexicana que estaba allí comentó que era el momento de volver a San José, ya que más tarde no conseguiríamos transporte. Me tenía que ir. Al menos recibí una señal. No era la señal que esperaba, pero era una señal al fin.

 

 

La confesión del canadiense

 

En el ómnibus que nos llevó de regreso a la capital tica, un señor canadiense de cabello y bigotes canos se sentó a mi lado y entabló conversación conmigo en un perfecto castellano, antes de quedarse profundamente dormido. Me contó, entre varias anécdotas que ya no recuerdo, que era fanático de Costa Rica, que ese era su viaje número 15, y que casi como un ritual, en todos esos viajes, siempre le dedicó un día para visitar el Arenal y bañarse en las aguas termales. El cansancio lo iba venciendo, sus intervenciones se hacían más espaciadas. Lo último que me dijo, en voz baja y para que nadie escuchara, fue una confesión brutal: en 15 viajes que hizo al Arenal, sólo pudo verlo en tres oportunidades. Sin embargo, seguía yendo. La esperanza es lo último que se pierde.

 

“Nadie me había dicho eso”, pensé durante el viaje, mientras miraba al canadiense dormir plácidamente. Ni siquiera Constantino me lo había advertido. Sí, Constantino, así lo llamé, con profundo enfado.

 

Ya de madrugada volví al hotel, sin haber podido ver el dichoso Arenal. El resultado hasta ese momento; Volcanes 1, Luis 0. Pero aún me quedaban dos volcanes más.

 

 

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