Ciclo Nuevo

En búsqueda de una señal. Un cuento (casi) fantástico. Parte 2

Esta entrada es la continuación de “En búsqueda de una señal. Un cuento (casi) fantástico. Parte 1

 

De la librería a la agencia de viajes

 

Al día siguiente salí del hotel sabiendo que al mediodía tenía que desalojar aquella habitación húmeda y antigua. Buscando algún lugar donde hospedarme unos días más, caminé durante casi media hora sin rumbo fijo, hasta que di con una librería y sentí un deseo inexplicable de entrar. Estaba ubicada en el centro de la ciudad, sobre una calle peatonal. Entré y me dirigí hacia la última biblioteca, al fondo a la izquierda, donde se agrupaban varias obras inclasificables. Miré varios libros y terminé comprando tres que me llamaron poderosamente la atención sin saber por qué: el Código Notarial costarricense,  la Ley General de Navegación Civil, y un manual que postulaba la consigna de ser por siempre joven,  escrito por un médico alemán que explicaba su “revolucionario e infalible” –según la editorial- método. Tuve la intuición que tras leerlos, entendería mi misión en este mundo. Los dos primeros estaban impresos en Costa Rica, el último en Buenos Aires. Hoy me doy cuenta que ese detalle no fue una casualidad.

 

 

Salí de la librería con esos tres libros, y tras caminar unos diez minutos llegué a un edificio donde un cartel indicaba la existencia de una agencia de turismo, publicitándola con una foto desteñida de una playa caribeña y una flecha roja que indicaba hacia arriba y a la izquierda. Seguí la flecha y subí dos pisos por una escalera sucia. La oficina tenía la puerta abierta, por lo que entré y saludé. Me atendió un señor que se llamaba Costantino –no Constantino, me aclaró- y me ofreció sentarme, tras lo cual le comenté lo que buscaba y me dio la dirección de un hotel  para alojarme. Me recomendó también conocer los volcanes Arenal, Poas e Irazú, porque –siempre según sus palabras- eran “lugares magnéticos”.

 

Le agradecí sus consejos, lo saludé y antes de retirarme me quedé mirando un mapa de Costa Rica que estaba pegado sobre la pared del fondo de la oficina, mientras una pareja, hablando entre ellos en inglés americano, entró y fue recibida por Costantino.

“Good morning, can I help you ?” los saludó en  un muy  correcto inglés, tras lo cual agregó: “My name is Costantino, not Constantino”. Evidentemente el hombre tenía un trauma con su nombre.

 

 

Mi nuevo hotel. Rompiendo el hechizo

 

Tras una breve caminata de cinco minutos, llegué a la dirección que me había dado. Era una casa muy antigua frente al parque Morazán que funcionaba como hostel. Una señora con gesto adusto estaba en la pequeña recepción. La saludé y enseguida sonrió; según me contó se sorprendió que le hablara en castellano porque estaba harta de lidiar con estadounidenses que eran los huéspedes mayoritarios del lugar, y que según sus palabras, eran antipáticos y vivían borrachos. Le pregunté si tenía disponibilidad para alojarme por seis días, pero me percaté que estaba como hipnotizada mirándome. Se sonrió, me pidió perdón, y me dijo que sí, que efectivamente había algunas habitaciones. Le pregunté por el precio de la estadía y nuevamente se quedó boquiabierta mirándome tras lo cual sonrió una vez más. Me pidió disculpas nuevamente y se dio cuenta que necesitaba darme  una explicación para tal extraño comportamiento.

 

“Perdón, lo que pasa es que  hablas igual que Javier, el actor de la novela que miro todas las tardes, es increíble”, me confesó. Sonreí casi de cortesía, sin saber ni importarme demasiado quien era Javier, y le volví a preguntar por el precio de  la habitación.  Sin responderme, se dio vuelta y buscó algo en su bolso. Sacó una revista de esas de chismes, que se centran en la vida y obra de actores y famosos, y me mostró en la tapa al tal Javier. Era un actor argentino, relativamente conocido, que estaba trabajando en México para ese entonces. Le expliqué que tanto el actor como yo venimos de la zona del Río de La Plata, que tenemos un modo particular de hablar, de pronunciar la “LL” y la “Y”, y un acento que a muchos les recuerda al idioma italiano.

 

Ya habíamos entrado en confianza y me ofreció la mejor habitación que tenía, un ático con ventanas sobre el parque y con baño privado. Subí a verla y pensé que era adecuada; negocié el precio, ya que pagaba por adelantado y al contado. Ahí me confesó que estaba perdidamente enamorada de ese actor y creo que proyectaba algo de ese amor platónico en mí, porque me ofreció un interesante descuento. Cerramos trato, pagué, subí a la habitación, dejé la maleta y la bolsa de la librería con los tres libros comprados, y me fui en busca de algún lugar donde  almorzar.

 

 

“Hasta luego”, le dije a la señora mientras salía del hotel pero ni siquiera levantó la mirada. Volví sobre mis pasos, me apoyé en el pequeño mostrador de madera, hice un ruido para notara mi presencia y recién en ese momento sacó sus ojos de esa revista que la tenía embobada, y me miró.

 

Fue ahí cuando intempestivamente decidí hacer algo: romper ese hechizo. Quizás no actué bien, pero siempre es preferible conocer la verdad para decidir y actuar en consecuencia.

 

“Sabe una cosa”, le dije con voz firme “ese actor que a usted tanto le gusta es conocido en varios países de América del Sur porque actuó en muchos programas, tiene fama de ser muy simpático y agradable, pero en la vida real ninguna mujer tiene chances de tener relación alguna con él, porque le gustan los hombres, de hecho es sabido que vive en pareja con un actor y conductor de radio uruguayo”.

 

Su sonrisa se trastocó en una mueca de asombro. Serio, me volví a despedir. No me saludó. Pude percibir odio en sus ojos. Durante los seis días que estuve alojado allí no volví a verla.

 

 

 

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