Ciclo Nuevo

En búsqueda de una señal. Un cuento (casi) fantástico. Parte 1

Las aves, molestas, comenzaron a juntarse en un árbol. La suerte estaba echada. Había una extraña conexión entre ellos, como si un ser superior los hubiera juntado.

 

Era un secreto a voces, un juego con varios participantes. La cortina apenas dejaba entrar unos débiles rayos de luz, pocos pero suficientes para iluminar el ambiente donde transcurría todo.

 

Querían estar allí, en ese lugar; querían jugar al juego que se les propusiere. No habría desperdicio alguno, ninguna acción dejaría de provocar algún resultado.

 

Uno de ellos estaba apurado, debía tomar un ómnibus al día siguiente; debía madrugar y eso lo tenía preocupado. No podía concentrarse plenamente pero hizo su mayor esfuerzo y logró olvidar por un rato sus obligaciones. Sin embargo, su responsabilidad, los expedientes y documentos que debía revisar hicieron que en un momento pensara en irse del juego.

 

Otro, por el contrario, quería jugar. No sabía a qué resultado llegaría, pero sus deseos de participar eran irrefrenables. Se sentía seguro, aunque tenía un poco de temor.

 

“En caso de incendio, rompa el vidrio” decía el cartel y sus ojos estaban clavados en él. Encima del vidrio, un pequeño martillo de color rojo esperaba ser usado.

 

Finalmente llegó. Todos lo estaban esperando. Llegó enojado y culpó a su navegador satelital por el retraso. Preguntó quién tenía la llave. O la clave, no entendí bien.

 

Sus pensamientos subieron un nivel. O varios niveles. Cuando quise darme cuenta, todos estaban en sus puestos, jugando en sus respectivos roles.

 

El señor mayor tenía un muy buen pasar, tenía un empleado trabajando para él en San José de Costa Rica. Varias veces por día monitoreaba su trabajo. Yo quise conocer San José, pensando que algo de mi futuro podría estar allí. Y un día martes partí. Llegué al aeropuerto entrada la noche, cambié algo de dinero, y salí. No quería gastar en taxi, por lo que esperé un bus. Pasaron varios, pero todos iban a Alajuela. Casi media hora más tarde, pasó el bus que me llevaría a San José. Le indiqué al conductor la dirección, amablemente me dijo que me podía dejar a una distancia de diez minutos de caminata, pero me aconsejó no caminar. “La zona es insegura de noche”, advirtió. Me dejó en una esquina y le hizo gestos a un taxi que venía atrás para que se detuviera. Fue un viaje de no más de tres minutos en taxi hasta el hotel que tenía reservado. La habitación era muy amplia, con muebles antiguos y olor a humedad. No me importaba mucho, total me quedaría un par de días.

 

Al día siguiente, desayuné en un bar elegante. Mientras untaba con queso una rebanada cuadrada de pan tostado, diagramé mentalmente mi itinerario del día. A la tarde tenía que estar en Heredia, por lo que aproveché la mañana para recorrer. Entré a un museo y no éramos más de veinte visitantes. Almorcé algo ligero y tomé un ómnibus hasta Heredia.

 

Mientras tanto, lejos de allí, un escritor que adhería a las ideas de Marx, buscaba una revolución, pero no cualquiera, una revolución del sentido común. Siempre enredado en sus pensamientos buscando la mejor forma de distribuir el dinero, pero nunca se preocupaba de hacerlo. Tan enredado siguió que quiso plasmar todos sus conocimientos, que de por sí eran muy amplios, en un solo libro. Ya lo sabía yo desde un principio, su obra fue un fracaso, y terminó vendiéndose en un canasto de liquidaciones en un supermercado de barrio.

 

Llegué a la plaza principal de Heredia. Se supone que allí tendría una revelación. Mucha gente, muchas madres con sus hijos que salían del colegio. Caminé y me alejé de la plaza por calles que subían y bajaban, pero mi corazón decía que tenía que volver a esa plaza. Ya de vuelta, me senté en un banco, cuando tuve hambre. Un grupo de gente formaba fila frente a lo que parecía un puesto de venta ambulante de color blanco. La curiosidad hizo que me pusiera de pie y me dirigiera a averiguar de qué se trataba el pequeño tumulto.

 

A los participantes se les había dicho que era un juego de acción pero principalmente de estrategia. Algunos se lo tomaron muy en serio y se olvidaron que era un juego. Se lo creyeron y nunca pudieron salir de esa realidad paralela que se les planteó y que voluntariamente compraron como real. Cada tanto los sigo viendo, y allí están, no pueden salir de la rueda en la que se han metido.

 

Una panificadora de origen mexicano estaba regalando, a modo de promoción, sus productos. El hambre me empujó al  extremo de la fila, y allí esperé mi turno: recibí dos bollitos bastante insulsos, uno de ellos con aroma a canela. Volví al asiento y los comí lentamente, mientras no perdía de vista el puesto donde regalaban los productos. Cuando hube terminado mi merienda gratis, advierto que cambiaron los alimentos que estaban entregando, eran otras cosas que parecían más apetecibles. Nuevamente hice la fila y esa vez sí recibí  algo sabroso. Frente a la plaza se detuvo un ómnibus con destino a San José. Ya no me acordaba que buscaba en Heredia, pero corrí y logré alcanzarlo. Me senté al lado de una ventana, del lado derecho, mientras abría el paquete. Estos últimos sí me gustaron mucho más.

 

No supe del resto de los participantes por varios días. Yo decidí quedarme unos días más en Costa Rica. Necesitaba desentrañar el misterio del pueblo culto pero pobre. O del pueblo pobre pero culto.

 

Continuará….

Parte 2

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