Ciclo Nuevo

Del narcisismo a la disgregación familiar. Parte 3 última parte.

Esta entrada es la continuación de la parte 2.

 

Diferencias y más diferencias

 

Herminia, la hija menor de Pedro, era su preferida, y esa preferencia se traducía en marcadas ventajas económicas. Cuando Ana, su hija mayor se casó, Pedro le regaló un apartamento: era uno bastante pequeño, de aproximadamente 30 metros cuadrados, que contaba con una sala y un dormitorio. La suegra de Ana, que era viuda y vivía sola, le ofreció cambiárselo por el suyo, que tenía dos dormitorios, un balcón y una habitación de servicio. Cinco años más tarde se casó Herminia, la hija menor de Pedro y también le compró un apartamento donde vivir. Herminia pidió un apartamento de dos dormitorios, ya que quería usar uno de ellos de oficina, así su padre le compró una propiedad el doble de tamaño de la que había recibido Ana.

 

 

De propietario a inquilino

 

Para la misma época en la que Pedro vendió su propiedad y comenzó a alquilar otra, el marido de Herminia convenció a su esposa  que tener una propiedad era un mal negocio: ese dinero había que moverlo, había que hacerlo producir, y todo terminó como era de esperarse: Herminia vendió su apartamento, ese que le había regalado el padre, y también pasó a ser inquilina, casualmente, o causalmente, en el mismo edificio donde vivía su padre. El dinero que obtuvieron de la venta lo destinaron a un emprendimiento que, como también era de esperarse, se mantuvo un tiempo pero terminó siendo un fracaso comercial.

 

 

De millonario a mendigo

 

Tras cuatro años de alquilar, el dinero de Pedro se estaba acabando. Había perdido su fábrica y estaba accionando judicialmente para obtener una reparación pecuniaria. Sólo él alentaba alguna esperanza de cobrar algo de dinero. Mientras tanto, el alquiler continuaba devengándose mes a mes. El marido de Ana tenía tres trabajos gracias a los cuales mantenía su hogar y colaboraba con sus suegros. Ana, que siempre había trabajado medio turno, comenzó a trabajar más y más horas. Un par de años atrás, Ana también vendió el apartamento donde vivía y con un dinero que habían logrado ahorrar, se mudaron a uno  un poco más grande. Ana y su marido siempre trabajaron bajo relación de dependencia, fueron muy prolijos financieramente, y a sus hijos nunca les faltaron algunas semanas de vacaciones todos los años.

 

Tras dos años de alquiler, Pedro se encontraba en una disyuntiva: o firmar un nuevo contrato por dos años, que sabía que en algún momento no podría seguir pagando, o pedir ayuda financiera a sus hijas. Ambas situaciones eran una afrenta terrible a su ego.

 

Pero, como a veces sucede en los momentos menos pensados, los astros se alinearon y el marido de Ana les consiguió una propiedad donde quedarse por un tiempo, sólo abonando los gastos.

 

 

El fin de las carencias económicas

Pocos años más tarde,  cobró una indemnización  y con ese dinero compró un apartamento. Nuevamente Pedro era propietario.

 

Pedro rehízo su vida social en círculos de conocidos a los cuales les contaba todas sus anécdotas. Cada tanto, alguno de los oyentes dudaba o le cuestionaba algún hecho, lo que provocaba que Pedro se enojara y dejara de hablarle a esa persona, como si ignorar a una persona  la hiciera desaparecer de su vida. Quien también alguna vez sufrió este tipo de destrato fue su hija mayor.

 

Finalmente Pedro murió. Su viuda lo sobrevivió varios años.

 

Algunos en su familia “compraron” el relato de su vida. Otros, más críticos, se fueron alejando de él y hasta osaron confrontarlo, no sin pagar las consecuencias.

 

 

Verdades y realidades

 

Muchas veces verdad y realidad se utilizan como sinónimos, pero no siempre lo son. La realidad es la existencia de cosas o hechos, mientras que la verdad –o las verdades- son juicios que hacemos sobre la realidad. A quienes le interese el tema, recomiendo leer la entrada que escribí tiempo atrás sobre el mito del a caverna de Platón.

 

Intrínsecamente no está mal ni bien elaborar relatos sobre la realidad, que no son más que verdades personales. Determinadas anécdotas resultan más interesantes si las adornamos con elementos, o exageramos u obviamos determinados detalles. La cuestión de fondo pasa por reconocer que no siempre realidad y verdad coinciden, que no siempre  la realidad es verdadera, que no siempre la verdad es real.

 

Lo que es objetable es creerse ese relato, vivir de acuerdo a mi verdad, y tratar de imponerla como real. Y mucho peor hacer diferencia de trato entre quienes adhieren al relato (ya sea por admiración personal, o por interés) y quienes osen cuestionarlo.

 

Seguramente a todos nosotros se nos viene a la memora algún “relator” que premiaba y castigaba a sus amigos, conocidos y hasta familiares de acuerdo a su necesidad de ser admirado.

 

Por eso, hay que aferrarse a la realidad lo más posible, sin temor a cuestionarla, porque podemos quedar encerrados en nuestros propios relatos, en nuestras propias verdades, sin tener en cuenta las verdades de los que nos rodean.

 

FIN

 

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